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No me suele gustar hablar de estos temas porque me parecen muy elementales y creo que la mayoría de los seres humanos ya deberían haber resuelto esté cliché en sus vidas. Aún así, creo que es bueno hablar estas cosas aunque se den por sentado porque a alguien quizá le haga pensar y dirigirse al camino de su propia evolución. Creo que cualquier cosa puede ser buena para este fin.

No en pocas ocasiones me sorprendo con el comportamiento de algunas personas que lidian con términos que pueden encajar en una conversación de adolescentes pero que en otros contextos me hacen pensar: “de acuerdo, hay que bajar el nivel de conversación” y es algo que no me gusta hacer, si soy sincero. Me gusta tanto enseñar lo que sé como aprender de lo que sepan otras personas, por tonto que a ellos les parezca y enriquecernos ambos el uno del otro. ¿A qué términos te refieres entonces, L? Les voy a explicar.
Puedo entender perfectamente que se use un modo de identificación que puede ser más o menos agradable para referirse a una persona: la gorda, el negro, la hippie, el rockero, y millones más. El uso de esto es comprensible. Hace cómodo y rápido el reconocimiento de alguien sin la necesidad de señalarle. Lo que no entiendo son las discusiones sobre qué grado de hippie tiene una persona, o cuanto de motero es un hombre al que le gustan las motos… y ya no solo con personas. Con música, literatura, cine y un largo etcétera. El hecho de poner todas estas etiquetas lo único que hace es separarnos, o que no nos interesemos en otros estilos de música, por ejemplo, por estar etiquetado como “tal cosa”.

En este momento es cuando el aludido piensa: “Bueno, eso a mi no me toca… yo escucho de todo”. Con “Los Aludidos”, vamos a llamarles, uno va a tomar algo y tiene conversaciones del tipo: “¿Por qué esa chica tan presumida es hippie?” Y cuando alguien como yo, que le da absolutamente igual lo que haga alguien con su vida y más aún si se trata de una forma de vestir, responde: “Que haga lo que quiera…” automáticamente se convierte en enemigo público y aquí es donde quería llegar: “aquella gente que presume de mente abierta suelen ser las que más juzgan”. En otras palabras: “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”.

Entonces, ¿qué es lo correcto? debería haber sido la pregunta desde el principio, aunque para conocer la solución hay que conocer el problema. Pues la respuesta es bastante sencilla: nada. Haciendo nada estamos transigiendo y dejando que las personas sean como quieran ser porque no solo con la palabra directa o indirecta les afectamos, sino con el pensamiento también. Somos lo que pensamos, y si esto lo han dicho multitud de sabios a lo largo de la historia no creo que sea en vano. Entonces dejemos que esos sentimientos de crítica, desigualdad, separación, prejuicio, y en ocasiones, de envidia se evaporen de nuestra mente dejándonos apartar esta carcasa que llevamos encima llamada cuerpo y dejarnos ver mucho más allá.

Debemos dejar de cuestionarnos o cuestionar al resto sobre lo que hacen los demás. Recordemos que el ser humano es bueno por naturaleza. No tratemos mal a nuestros semejantes, pues son igual de buenos que nosotros.
V.

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