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El orgullo

“Si hay algo de lo que me siento orgulloso, es de carecer de orgullo”.

Ni más, ni menos. Un día entendí que el orgullo puede hacer que uno consiga algunas cosas, pero se pueden conseguir muchas más sin él. Un día hablando con Cifra dije esa frase, la que encabeza este post, y sentí que así era. Cuando uno entiende que todos los sentimientos materialistas van de la mano con el orgullo (y este con La ignorancia, que ya sabemos como es de celosa) es como si unas cuantas pesadas cadenas se aflojaran de nuestro cuerpo, permitiéndonos volar.

Uno se siente bien cuando le dicen que es bello, por el orgullo. O se siente mal si le dicen ignorante, por el orgullo. También se sienten mal si su pareja mira a otra persona, por orgullo. Y desde luego se sienten bien cuando ganan en algo, por orgullo. ¿Son de verdad todos estos sentimientos auténticos? ¿O son burdas ilusiones efímeras semejantes a un orgasmo sexual? A este último todo el mundo parece adicto. Es muy placentero, de eso no cabe duda, pero hay de verdad sentimientos que llenan a uno su alma, su ser, y en cambio ponemos nuestra atención en aquellos que nos vuelven adictos y nos atan a este plano material. No quiero irme por las ramas, pero estoy seguro de que el lector comprende a qué sentimientos me refiero.

Al deshacernos del orgullo, que no es otra cosa que una cadena pesada dispuesta de un abrefácil atada en su otro extremo a una piedra aún más pesada, lo cierto es que uno disfruta más del aprendizaje, de lo especial que hay en cada uno de nosotros (aunque se trate de un ser no demasiado querido), del hecho de estar siempre alegre porque nada te puede enfadar, del amor al prójimo y de tantas otras muchísimas cosas.

¿Cómo deshacernos de esta angustiosa carga? Es tan sencillo que parece difícil. Cada vez que veamos algo que nos haga sentir mal o bien (evidentemente, algo que no sea, por ejemplo, el nacimiento de un hijo o el bienestar tras haber ayudado al prójimo desinteresadamente y hacerle feliz. Me refiero más bien a ser calificado como algo aceptado socialmente: como bello, inteligente, etc. o a sentimientos de competitividad, etc), debemos encontrar el nexo que ello tiene con el orgullo y automáticamente pensar en la palabra “NO” y seguir disfrutando de la conversación o de lo que sea que estemos viviendo, de forma automática.

¿Por qué iba yo a querer deshacerme del orgullo? Pues quizá para los que siempre hayan presumido de ser orgullosos les sea complicado de entender esta idea, pero lo que si es cierto, es que todo ser humano que suelta su orgullo es capaz de expandir sus alas muchísimo más allá de lo que cualquiera que le conociera antes hubiera imaginado porque, como ya dije antes, el orgullo nos mantiene atados a sentimientos materialistas y frena nuestra evolución. Además, tengan en cuenta de que se fomentan estos patrones, como siempre, por medio de sentimientos como el patriotismo, a través del cine, política, etc. haciendo uso de la visceralidad.

En cualquier caso, si prefiere seguir viviendo cargando con su orgullo, siempre puede recuperarlo. Es aún más fácil que perderlo.

V.

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No me suele gustar hablar de estos temas porque me parecen muy elementales y creo que la mayoría de los seres humanos ya deberían haber resuelto esté cliché en sus vidas. Aún así, creo que es bueno hablar estas cosas aunque se den por sentado porque a alguien quizá le haga pensar y dirigirse al camino de su propia evolución. Creo que cualquier cosa puede ser buena para este fin.

No en pocas ocasiones me sorprendo con el comportamiento de algunas personas que lidian con términos que pueden encajar en una conversación de adolescentes pero que en otros contextos me hacen pensar: “de acuerdo, hay que bajar el nivel de conversación” y es algo que no me gusta hacer, si soy sincero. Me gusta tanto enseñar lo que sé como aprender de lo que sepan otras personas, por tonto que a ellos les parezca y enriquecernos ambos el uno del otro. ¿A qué términos te refieres entonces, L? Les voy a explicar.
Puedo entender perfectamente que se use un modo de identificación que puede ser más o menos agradable para referirse a una persona: la gorda, el negro, la hippie, el rockero, y millones más. El uso de esto es comprensible. Hace cómodo y rápido el reconocimiento de alguien sin la necesidad de señalarle. Lo que no entiendo son las discusiones sobre qué grado de hippie tiene una persona, o cuanto de motero es un hombre al que le gustan las motos… y ya no solo con personas. Con música, literatura, cine y un largo etcétera. El hecho de poner todas estas etiquetas lo único que hace es separarnos, o que no nos interesemos en otros estilos de música, por ejemplo, por estar etiquetado como “tal cosa”.

En este momento es cuando el aludido piensa: “Bueno, eso a mi no me toca… yo escucho de todo”. Con “Los Aludidos”, vamos a llamarles, uno va a tomar algo y tiene conversaciones del tipo: “¿Por qué esa chica tan presumida es hippie?” Y cuando alguien como yo, que le da absolutamente igual lo que haga alguien con su vida y más aún si se trata de una forma de vestir, responde: “Que haga lo que quiera…” automáticamente se convierte en enemigo público y aquí es donde quería llegar: “aquella gente que presume de mente abierta suelen ser las que más juzgan”. En otras palabras: “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”.

Entonces, ¿qué es lo correcto? debería haber sido la pregunta desde el principio, aunque para conocer la solución hay que conocer el problema. Pues la respuesta es bastante sencilla: nada. Haciendo nada estamos transigiendo y dejando que las personas sean como quieran ser porque no solo con la palabra directa o indirecta les afectamos, sino con el pensamiento también. Somos lo que pensamos, y si esto lo han dicho multitud de sabios a lo largo de la historia no creo que sea en vano. Entonces dejemos que esos sentimientos de crítica, desigualdad, separación, prejuicio, y en ocasiones, de envidia se evaporen de nuestra mente dejándonos apartar esta carcasa que llevamos encima llamada cuerpo y dejarnos ver mucho más allá.

Debemos dejar de cuestionarnos o cuestionar al resto sobre lo que hacen los demás. Recordemos que el ser humano es bueno por naturaleza. No tratemos mal a nuestros semejantes, pues son igual de buenos que nosotros.
V.

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